A diferencia de la pandemia de SARS Cov 2, en la que el mundo reaccionó con vacunas en apenas seis meses, la obesidad es una posible muerte lenta. Aunque los riesgos asociados a esta enfermedad inflamatoria y crónica son evidentes y prevalentes, a pesar de esta crítica realidad, se observa hasta el momento una enorme inercia política. De hecho, se cree que la epidemia de obesidad ha contribuido a la carga persistente de enfermedades no transmisibles y a la desaceleración del incremento en la expectativa de vida en algunos países, sobre todo en EEUU. Las razones para la inacción de los decisores son diferentes. Entre otras, la idea predominante de que la obesidad es responsabilidad individual y no de los gobiernos. Y eso es una falacia.
La obesidad posee múltiples causas, por tanto, existen múltiples comportamientos de riesgo que pueden ser abordados desde las políticas públicas. Sin embargo, la mayor parte de las estrategias sanitarias hasta el momento, están basadas en la información. ¡Ese es el primer y esencial error!
Información no es cambio, porque la mayor parte de las veces no se trata de no saber que hacer, sino de no poder hacer lo que se sabe. Las personas sabemos muchas veces que los vegetales son más saludables que los snacks o las hamburguesas. Y, aun así, preferimos estos últimos.
En principio, una deuda pendiente es incluir la obesidad transversalmente en el currículo de grado en todos los niveles de formación de capital humano sanitario.
Luego, dado que la obesidad está catalogada como una enfermedad de origen multicausal, son numerosas las estrategias posibles basadas en cada una de las causas conocidas: ingesta de alimentos con niveles altos de nutrientes críticos, precios elevados de los alimentos más saludables, expendio de alimentos en enormes porciones tanto en tiendas como en restaurantes, deuda de sueño a todas las edades, sedentarismo casi obligado, altos niveles de estrés no gestionado, climatización constante de los ambientes, uso crónico de fármacos que generan ganancia de peso, competencia del mundo del espectáculo con el tiempo de ocio activo y la presencia ubicua de disrruptores hormonales en diferentes materiales de uso para envases alimentarios.
Analicemos algunas estrategias posibles
Cada día los humanos tomamos 150 decisiones relacionadas con comida y bebida, y estas, se adoptan en un entorno construido. Por lo tanto, para empujar decisiones alimentarias más saludables, un elemento central es la adopción de un etiquetado frontal simple y claro, que permita comunicar tanto el exceso de nutrientes críticos como los ingredientes funcionales saludables en productos envasados y también los vendidos a granel y en los servicios de catering y restauración. Estas etiquetas deberían incluir huella de carbono, trazabilidad de los alimentos y uso de agua.
Los supermercados deberían contar con varias líneas de caja “libres de golosinas y snacks”. En muchas ocasiones la compra impulsiva se produce en la espera de pago en la caja.
Simultáneamente, es necesario incentivar el acceso a los alimentos saludables como las frutas y verduras, los pescados, las legumbres (teniendo precaución con la preparación culinaria), frutos secos sin sal y lácteos y demás productos fermentados, no solo mediante una política de precios diferencial. Para anclar en el gran driver de consumo -que es el precio-, se podría utilizar un sistema de vouchers y tarjetas de débito para grupos vulnerables, ayudas o subvenciones a productores locales o disminución de alícuotas de impuestos o exenciones de gravámenes de los alimentos con el perfil más saludable, trabajar con sistemas positivos y no coercitivos.
Dra. Mónica Katz es especialista en Nutrición. Profesora de la Universidad Favaloro (Buenos Aires, Argentina), donde preside cursos de posgrado sobre Nutrición, Obesidad y Conducta Alimentaria. Fundó la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria en el Hospital Durand de Buenos Aires, Argentina. Ha sido presidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN) y ha publicado numerosos artículos con revisión por pares. Su principal área de investigación son los aspectos emocionales y hedónicos de la conducta alimentaria. Fundadora del “Movimiento No Dieta”, es redactora de medios en nutrición y obesidad y ha autora de números libros: Comer (2006), No Dieta (2007), Somos lo que comemos (2011), El ABC de la Obesidad (2014), Más que un cuerpo (2015). Obesidad: controversias y abordajes (2017), El Método no Dieta (2018), Somos lo que Comemos (2022) Eso no se come (2024). Actualmente preside el XXIII Congreso Argentino de Nutrición que se celebrará en septiembre de 2025.
