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Ébola: por qué el brote actual es diferente de los anteriores

El virus del ébola es una de las enfermedades infecciosas más letales conocidas. Se transmite por contacto directo con la sangre, las secreciones u otros fluidos corporales de personas o animales infectados. Puede provocar una fiebre hemorrágica grave con una elevada tasa de mortalidad, si no se detecta y controla a tiempo. Aunque desde su descubrimiento en 1976 se han producido numerosos brotes, la mayoría se han concentrado en países del África subsahariana y han requerido una respuesta internacional coordinada para contener su expansión.

En los últimos años, los avances en vigilancia epidemiológica, diagnóstico y vacunación han permitido controlar con mayor rapidez algunos brotes. Sin embargo, factores como la limitada infraestructura sanitaria, los desplazamientos de población, los conflictos armados y la desconfianza hacia las autoridades continúan dificultando la detección precoz de los casos y el seguimiento de los contactos, elementos fundamentales para frenar la transmisión del virus.

“Los avances en vigilancia epidemiológica, diagnóstico y vacunación han permitido controlar con mayor rapidez algunos brotes”

El brote de ébola actual, en la República Democrática del Congo y en Uganda, presenta características específicas que lo diferencian de otros brotes anteriores. La doctora Beatriz Escudero Pérez, investigadora de ISGlobal y especialista de virología en el Hospital Clínic de Barcelona, es experta en este ámbito. Como explica, “hay seis cepas diferentes de la enfermedad. Las más frecuentes son las denominadas Zaire -denominada Ébola en la actualidad- y Sudán”. El brote actual “es de una cepa menos frecuente, denominado Bundibugyo, que hasta ahora solo había causado dos brotes. El primero fue en 2007, por eso se conoce menos”, explica.

Difícil de diagnosticar

En cuanto a las diferencias respecto a brotes anteriores, señala que este se ha detectado más tarde. Entre los motivos destaca que se parece a muchas otras enfermedades de la zona, como la fiebre tifoidea o la malaria, lo que dificulta el diagnóstico. Además, los síntomas iniciales suelen ser la diarrea no sanguinolenta y otros tan inespecíficos como la fiebre o el dolor de cabeza, lo que puede hacer que las personas no les den importancia o que se confundan con los de otras patologías.

“Además, debe tenerse en cuenta que hay un conflicto armado en esa zona, lo que dificulta que acuda la gente a ayudar y el uso de los centros sanitarios. Como estos brotes se producen en zonas limítrofes entre países, suele haber también desplazamientos de la población, lo que dificulta rastrear los contactos. Por otro lado, hay bastante desconfianza hacia las autoridades sanitarias, hay que hacer una labor de sensibilización bastante importante. Y, desde luego, hay un acceso limitado a los hospitales”, enumera.

Parte de la investigación, como detalla la experta, se centra en la actualidad en la realización de estudios epidemiológicos, secuenciando los virus. El objetivo es determinar dónde y cómo se ha podido originar el brote.

“He ido varias veces a África y, de hecho, estuve trabajando para la OMS en el brote de 2014-16. Trabajar allí depende del país y de la zona: si hay más bosque, es más difícil hacer entender el contexto epidemiológico, hay mucha desconfianza en cuanto a la enfermedad en sí. En las zonas de ciudad suele ser más sencillo divulgar. Pero siempre hay que tener en cuenta que hay que trabajar en equipo, porque son los profesionales locales los que gestionan o nosotros estamos para dar apoyo y ayudar. De hecho, la República Democrática del Congo tiene gran experiencia con los brotes de ébola”, señala.

“Para evitar nuevos brotes, además de la vigilancia de casos, es muy importante la sensibilización de la población y la mejora de las infraestructuras”

Educación sanitaria

Uno de los mayores retos, desde su punto de vista, es hacer comprender a las personas que no deben tocarse y deben mantener distancia. El motivo es que tienen rituales de entierro que implican lavar los cadáveres, lo que aumenta el número de infecciones al estar en contacto con los fluidos corporales de las personas infectadas.

Las cifras, hasta el momento, rondan las 130 muertes y 500 sospechas de infección. “Ellos tienen la percepción de que nosotros aparecemos y, de repente, empieza a morirse la gente. Es difícil hacerles explicar que lo causa un virus que no se ve. Por eso es muy importante la labor de los antropólogos, los epidemiólogos y las autoridades locales”, insiste.

El riesgo inmediato “son los casos agudos, que se centran en el continente africano con un riesgo bajo en el resto de mundo. Además, es una enfermedad que suele ser transmisible cuando hay síntomas muy obvios, por lo que si las personas que han estado en contacto no los presenta, no suele haber riesgo. No es como el covid-19, que va por aerosoles. En el ébola, el contacto debe ser estrecho”, recalca.

En cuanto al futuro, para evitar nuevos brotes, apuesta por “una buena vigilancia de casos, con la sospecha de que puede ser ébola en vez de otras enfermedades, aislar a las personas en sospecha y rastrear sus contactos para detectar de forma precoz si están o no infectadas. En resumen, una respuesta rápida a un brote de ébola. Y, lo que es realmente muy importante —y que no se contemplaba antes— es la sensibilización de la población y la mejora de las infraestructuras. Y quiero acabar subrayando la gran labor que hacen allí tanto las autoridades locales como la ayuda internacional”.

Beatriz Escudero

Investigadora de ISGlobal

Beatriz Escudero Pérez es investigadora de ISGlobal y especialista de virología en el Hospital Clínic de Barcelona. Fotografía: Hospital Clínic de Barcelona.

Autor

  • Javier Granda Revilla es periodista freelance especializado en salud con 28 años de experiencia. Colabora con Demócrata, La Razón, El Confidencial, El Médico Interactivo/Netscape, Gran Vía Radio y LVR, entre otros medios. Es vicepresidente de la Asociación Nacional de Informadores de Salud (ANIS), institución que agrupa a más de 600 comunicadores de salud, que le concedieron el Primer Premio a la Mejor Labor de Comunicación. Fue desde 2009 y hasta 2021, profesor de Comunicación Científica en el Máster ESAME de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Barcelona. Ha impartido ponencias en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad de Navarra, en la Universidad de Córdoba, en la Universidad de Valladolid y en la Universidad de La Laguna.

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