La salud urbana como determinante del bienestar
Las ciudades han sido históricamente asociadas con progreso, desarrollo y oportunidades. En ellas se concentran la innovación tecnológica, la actividad económica y gran parte de la vida cultural y política de las sociedades modernas. Sin embargo, detrás de esa imagen de modernidad existe una realidad cada vez más preocupante: muchos espacios urbanos se han convertido en entornos perjudiciales para la salud física y mental de quienes los habitan. La contaminación del aire, el ruido constante, la falta de naturaleza, el estrés y el aislamiento social evidencian que el modelo urbano dominante no siempre está pensado para garantizar calidad de vida. Por ello, resulta necesario replantear la manera en que entendemos las ciudades y reconocer que no puede existir bienestar humano en entornos urbanos deteriorados.
Durante décadas, el crecimiento urbano estuvo guiado principalmente por criterios económicos. La expansión de las ciudades priorizó la productividad, el consumo y el tráfico vehicular antes que las necesidades humanas. Como consecuencia, millones de personas viven hoy en espacios saturados, contaminados y progresivamente deshumanizados. Las ciudades dejaron de construirse pensando en la convivencia y comenzaron a organizarse alrededor de la velocidad y la rentabilidad. Esta lógica ha provocado un deterioro progresivo de la calidad de vida urbana.
Uno de los problemas más graves es la contaminación atmosférica. El tráfico vehicular, las industrias y el uso masivo de combustibles fósiles generan emisiones tóxicas que afectan diariamente a millones de personas. Respirar aire contaminado incrementa el riesgo de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y neurológicas. Sin embargo, sus efectos no son únicamente físicos. La mala calidad del aire también provoca fatiga, malestar y una sensación constante de deterioro ambiental que influye negativamente en el bienestar emocional. Resulta contradictorio que los espacios creados para impulsar el desarrollo humano terminen poniendo en riesgo la salud de sus propios habitantes.
Contaminación acústica
A ello se suma la contaminación acústica, un problema frecuentemente subestimado. El ruido permanente del tráfico, las obras y la sobreestimulación sonora genera consecuencias psicológicas importantes. La exposición prolongada a altos niveles de ruido se relaciona con estrés, ansiedad, dificultades de concentración y trastornos del sueño. A pesar de ello, muchas sociedades han normalizado esta situación como parte inevitable de la vida urbana, lo que evidencia hasta qué punto se ha priorizado la actividad económica por encima de la salud emocional.
Salud mental
La salud mental constituye, también, otro de los grandes desafíos urbanos. Aunque las ciudades ofrecen oportunidades laborales, educativas y culturales, también favorecen dinámicas de competitividad extrema, agotamiento y aislamiento social. El ritmo acelerado de vida, sumado a las presiones económicas y laborales, genera altos niveles de estrés crónico. Muchas personas viven rodeadas de vecinos, pero experimentan una profunda sensación de soledad. La falta de tiempo y la reducción de espacios de encuentro debilitan los vínculos sociales y afectan el equilibrio emocional.
“Resulta contradictorio que los espacios creados para impulsar el desarrollo humano terminen poniendo en riesgo la salud de sus propios habitantes”
Espacios verdes
En este contexto, los espacios verdes adquieren una importancia fundamental. Parques, jardines y áreas naturales urbanas no solo cumplen funciones estéticas o ambientales, sino también sanitarias y sociales. Diversas investigaciones han demostrado que el contacto con la naturaleza reduce el estrés, mejora el estado de ánimo y favorece la convivencia comunitaria. Además, la vegetación ayuda a disminuir las temperaturas urbanas y mejora la calidad del aire. Sin embargo, muchas ciudades presentan una distribución desigual de estos espacios, lo que genera inequidades en salud ambiental.
La forma en que se diseñan las ciudades influye directamente en las relaciones humanas. Un urbanismo centrado en el automóvil, las grandes infraestructuras y los centros comerciales transforma las calles en espacios de tránsito rápido y no en lugares de convivencia. Como consecuencia, disminuyen las interacciones cotidianas y aumenta la sensación de anonimato. La pérdida de vínculos comunitarios debilita el sentido de pertenencia colectiva, esencial para el bienestar social y emocional.
Cambio climático
Además, el cambio climático agrava muchas de las problemáticas urbanas existentes. Las olas de calor son cada vez más frecuentes e intensas debido al fenómeno de “isla de calor urbana”, provocado por el exceso de cemento, asfalto y la escasez de vegetación. Estas condiciones afectan especialmente a niños, personas mayores y grupos vulnerables. A ello se suman inundaciones, escasez de agua y deterioro ambiental, lo que convierte a las ciudades en escenarios centrales de la crisis climática global.
Frente a esta realidad, resulta evidente que la salud depende de las condiciones del entorno cotidiano. Una ciudad saludable debe garantizar aire limpio, transporte sostenible, espacios públicos seguros, vivienda digna y oportunidades de convivencia social. En este sentido, el enfoque de “Una sola salud, un solo bienestar” adquiere especial relevancia, al subrayar la interdependencia entre la salud humana, el entorno y los ecosistemas. No puede existir una población sana en ciudades contaminadas y desconectadas de la naturaleza.
Espacios pensados para la vida
El urbanismo del futuro no debería centrarse únicamente en construir más infraestructuras, sino en diseñar espacios pensados para la vida. Esto implica recuperar áreas peatonales, fortalecer el transporte público, ampliar las zonas verdes y promover políticas urbanas inclusivas y sostenibles. También exige reconocer que la salud mental y emocional son componentes esenciales de la planificación urbana.
Asimismo, las políticas públicas deben asumir un papel más activo en la construcción de ciudades habitables. No basta con intervenciones sanitarias aisladas si los entornos siguen generando enfermedad y estrés. La planificación urbana debe integrar criterios ambientales, sociales y sanitarios de forma conjunta. Invertir en espacio público, movilidad sostenible y equidad urbana no solo mejora la calidad de vida, sino que también reduce desigualdades sociales.
“La exposición prolongada a altos niveles de ruido se relaciona con estrés, ansiedad, dificultades de concentración y trastornos del sueño”
Repensar el urbanismo
En definitiva, las ciudades reflejan las prioridades de las sociedades que las construyen. Si continúan organizándose en torno al consumo, la velocidad y la rentabilidad económica, difícilmente podrán garantizar bienestar colectivo. Los entornos urbanos deteriorados producen ciudadanos agotados, aislados y vulnerables. Por ello, repensar el urbanismo no es únicamente un reto técnico, sino también un desafío ético.
Construir ciudades más saludables implica recuperar la idea de que el espacio urbano debe estar al servicio de la vida. El enfoque de “Una sola salud, un solo bienestar” recuerda que el bienestar humano depende del equilibrio entre las personas, el entorno y la calidad de los espacios que habitamos. En última instancia, una sociedad sana solo puede desarrollarse plenamente en entornos urbanos saludables y sostenibles.
Autor
-
Mª de los Angeles Calvo Torras
Licenciada y Doctor en Farmacia por la Universitat de Barcelona (UB). Premio extraordinario de Licenciatura. Licenciada y Doctor en Veterinaria por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Diplomada en Sanidad y Especialista en Microbiología y Parasitología. En la actualidad Catedrática emérita de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Ha publicado más de 280 trabajos de investigación. Ha colaborado en la redacción de capítulos de libros de Micología y Microbiología y es co-editor de libros de diversa temática. Ha dirigido 28 tesis doctorales. Ha recibido 14 premios por su labor investigadora o docente. Es Académica Numeraria o Correspondiente de varias Academias. Presidenta de la Academia de Ciencias Veterinaries de Catalunya ACVC) y vicepresidenta de la Real Academia Europea de Doctores (RAED). Experto de la CE. Fue Vice-Decana y Decana de la Facultad de Veterinaria de la UAB. Miembro del Consell Assessor de la Salut Publica Catalana y del Consejo Asesor del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA) y miembro y portavoz de la Comisión Una sola salud, del Consell de Collegis Veterinaris de Catalunya. Fue elegida mujer más influyente en el año 2024 en el ámbito de la salud animal y de la veterinaria de España.