OCIO

“Año nuevo, vida nueva…” o eso nos han contado

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Finales de enero. El frenesí navideño ya pasó y nuestras vidas se han topado con la cruda realidad. Vuelta a las jornadas de 8 horas y a los 3 cafés diarios. La rutina ha reaparecido con fuerza. Y, con ella, nuestras expectativas de cambio más optimistas para el año nuevo empiezan a disiparse. Ha pasado casi un mes y aún no has vuelto al gimnasio, ni has dejado de fumar, ni has sacado esa hora diaria para ti que tanto te habías prometido. Lo sabemos. No estás sol@.

Pensaréis que nos hemos puesto un poco drama queens pero la verdad es que, como siempre, nos hemos puesto realistas. Porque, seamos sinceros, todos sabemos lo que son los propósitos de año nuevo: los padres.

No nos engañemos más… para que en diciembre nadie se lleve un chasco ni se sienta solo e incomprendido, desmitifiquemos el mito y empecemos a llamar a las cosas por su nombre. Donde dijo aquél “año nuevo, vida nueva” igual podíamos decir nosotros “año nuevo, farsas nuevas”. Que, oye, quizás suena un poco brusco, pero… más brusca es la vida.

La estadística nos avala

Si a finales de año, cuando eches la vista atrás, caes en la cuenta de que no has cumplido una sola cosa de las que te propusiste, no te agobies porque no es el fin del mundo: perteneces al 80% restante de los mortales. Al menos, así lo confirman todos los estudios, que tampoco es que nosotros vengamos aquí con ganas de hacer sangre gratuitamente.

Lo que nos preguntamos es: ¿qué tiene el año nuevo que a todos nos hace creer capaces de cambiar nuestras vidas para siempre? Pues suponemos que tiene lo mismo que todo aquello que nos ilusiona en la vida, desde la Navidad hasta la trama de Harry Potter: magia.

Y, como sabéis, si hay algo que nos encanta en Kómoda es la magia –por lo de que somos un poco bruj@s y eso-. Es por eso que no nos queremos hacer responsables de dinamitar una tradición como esta que –farsa mediante– tanto nos gusta y tantos buenos ratos nos da. Y es que, ¿quién nos quita las risas que nos echamos cada mes de diciembre cuándo evaluamos nuestro rendimiento anual? A parte de que, oigan, tampoco le hacemos daño a nadie por soñar.

Propuestas made in Kómoda

Así, por si a falta de imaginación propia necesitáis a alguien que os meta pajaritos en la cabeza, Kómoda viene al rescate y os trae una selección con los 5 mejores propósitos que os podéis hacer para este 2020. Si conseguís cumplirlos, bien por vosotros. Y, si no, pues los volvéis a usar para 2021… que ya sabéis lo importante que es reciclar.

  1. Coger menos el coche y empezar a ir andando a los sitios. Ya verás el tipín que se te queda cuando empieces a moverte un poco… eso y lo mucho que vas a contribuir a reducir la contaminación.
  2. Probar el satisfyer ese del que hablan todas las amigas. Pero ojo no te acostumbres al cachivache que el sexo en pareja también es necesario.
  3. Aprender un par de tupper-recetas nuevas para ser la envidia de la oficina. Vas a ganar popularidad y, encima, vas a ahorrar dinerito.
  4. Levantarte los domingos a las 6 A.M. para hacer maratón de todas las series del momento en Netflix, HBO, Amazon Prime y derivados. Así nunca más vas a estar out cuando te juntes con l@s amig@s y compañer@s de trabajo. Vas a tener tema de conversación para aburrir.
  5. Ponerte las pilas con el correo electrónico y acabar con el vicio diabólico de acumular mensajes en la bandeja de entrada per saecula saeculorum. No, no se van a leer solos. Deja de procrastinar que, al final, te plantas en 2021 más chul@ que un 8.

Clásicos de año nuevo

Bromas aparte, si eres de l@s que se toman el año nuevo en serio, no te preocupes porque también hay contenido para ti… no iba a ser todo cachondeito. Te recopilamos el top 5 de clásicos de año nuevo para que te los propongas una y otra vez hasta cumplirlos:

  1. Dejar de fumar
  2. Ir al gimnasio
  3. Reducir la adicción al teléfono móvil
  4. Salir antes de trabajar para disfrutar más de la vida
  5. Hacer planes diferentes como ir al teatro, a ver un monólogo o al parque de atracciones en lugar de salir siempre a cenar y de copas

Elijas los que elijas, te deseamos mucha suerte y tenacidad y te recomendamos racionar la energía. Si consigues llegar a diciembre habiendo cumplido solo uno de ellos ya lo puedes considerar una victoria. Recuerda aquello de: “el que mucho abarca, poco aprieta”.

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Navidad: unos pringan y otros no

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Como diría Michael Bublé con esa voz tan grave, tan suya y tan navideña: It’s beginning to look a lot like Christmas, everywhere you go.

Y es que sí, amig@s, un año más ya está aquí la Navidad. Ansiada para muchos y temida por otros tantos, lo cierto es que es una época que a nadie deja indiferente. De esas cosas que polarizan al país, como Belén Esteban o la cebolla en la tortilla.

En apenas un par días, damos el pistoletazo de salida oficial. Ya van terminando las comidas de empresa y dan paso a las cenas familiares, los amigos invisibles y, en general, todo aquello que conlleve manjares y regalos. Comienza, en definitiva, la época fetiche de todos los que buscamos una excusa perfecta para llevarnos cualquier cosa a la boca sin sentirnos culpables.

Las gambas, los cochinillos, los jamones, los turrones, polvorones, roscones y, si apuráis, hasta canelones. En Navidad, vale todo lo que acabe en –ón. O sea, todo lo que viene siendo sinónimo de grande, vistoso y empachoso.

Vacaciones, por fin

Comida a un lado, la Navidad también es época de muchas otras cosas. De volver a casa con los nuestros cuando los tenemos lejos. De los paseos por el centro histórico iluminado de nuestras ciudades. De los villancicos en el coche. De los churros con chocolate. Y de las tardes de sofá y manta viendo películas temáticas ambientadas en las nevadas calles de Nueva York.

Pero, sobre todo -y eso es lo que aquí más nos interesa-, la Navidad es época de una cosa: descanso. Y es que, ¿qué sería de nuestra vida sin esa semanita de vacaciones invernales para desconectar y recargar las pilas?

Pasar tiempo con los nuestros y dedicarnos a aquello que nos gusta –que muchas veces es a no hacer nada- es el mayor regalo que nos pueden hacer por Navidad. El momento perfecto para tomarse un respiro y sacudirse el estrés.  

Es por eso que hoy, desde aquí, queremos romper una lanza en favor de esas figuras universales sin las que nuestra Navidad no sería posible y que, sin embargo, no descansan tanto como nosotros: los que pringan -porque sí, en toda familia hay uno que pringa-.

Los que pringan

Ya sea la abuela, el tío, papá o mamá, hay quien la Navidad no la vive tan a gusto porque, lejos de relajarse, lo que recibe es una carga de estrés adicional:

¿Qué pongo yo ahora para cenar? ¿Compro dos paletillas o mejor un jamón? ¿Las gambas las hago a la plancha o al horno? ¿La tía Carmen es celíaca, verdad? El niño no come carne. A Agustín no le gusta el ajo…

¡Ay, por Dios, que ganas de que pasen ya las fiestas!

Seguro que esta secuencia no os suena extraña. Se repite año tras año, en boca de alguien, en todas las casas de este país. Por desgracia, hay quienes no pueden disfrutar de la Navidad tanto como nosotros porque su labor es, precisamente, la de hacer que nosotros la disfrutemos.

Hablamos de esos héroes y heroínas capaces de reunir a sus familias en torno a una mesa, articular 3 menús distintos y consecutivos para 14 comensales, comprar regalos para 3 hijos, 4 nietos y 8 sobrinos y, aun así, no morir en el intento. Son todos aquellos para los que las vacaciones, lejos del 22 de diciembre, empiezan realmente el día 7 de enero.

Por eso este año, desde Kómoda, vamos a pedir como deseo de Navidad una sola cosa: que todos seamos capaces de relajarnos y disfrutar de las fiestas como las vacaciones que son.

Si eres de los que pringan, te mandamos un sentido abrazo.

Y, si no lo eres, arrima el hombro, chiquill@. Que no cuesta tanto.

¡¡¡Feliz Navidad!!!

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De cómo el “Netflix and chill” cambió nuestra vida para siempre

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¿Alguien recuerda ya dónde quedó lo de salir a tomar un café un domingo por la tarde? ¿Y lo de ir de cena un día entre semana? Por no hablar de lo de bajar al videoclub de la esquina a escoger la mejor película para ponerle a tu cita del viernes noche…

Aquí, desde luego, nos acordamos bien poco. Y es que hace unos años apareció en nuestros hogares un nuevo compañero de piso; uno que siempre se viste de rojo. En efecto, hablamos de Netflix.

El gigante americano del streaming se coló en nuestros televisores allá por el 2015 y nos cambió la vida social para siempre. Porque, desde ese momento, el mejor plan para un domingo por la tarde, un martes a las 20.00h o una cita de viernes noche con la conquista de turno no es otro que apoltronarse en el sofá, echarse la mantita y empezar el ritual “Netflix and chill”. El cine: en casa y a la carta. No es de extrañar que la plataforma reciba un consumo de 165 millones de horas diarias a escala mundial, tal y como arroja el último estudio de Streaming Observer. Ahí es nada.

Oda a la conciliación

De este modo, hoy por hoy podemos fijar nuestro propio prime time y elegir entre una oferta de títulos que multiplica la parrilla televisiva de antaño por tantos ceros como caben en una calculadora. ¿Qué es eso de esperar hasta las 22.30h para que empiece la serie, acostarse a las 00.00h y presentarse al día siguiente en la oficina con unas ojeras del color del carbón? Hoy, nosotros elegimos qué vemos y cuándo y cómo lo hacemos. Y nuestras ojeras estarán siempre agradecidas… Bendita conciliación.

Además, Netflix nos ha abaratado los costes de la vida social y amorosa. Donde antes solo cabía salir a cenar e ir al cine, hoy no nos hace falta ni salir del salón de casa. Y, claro, así es normal que a muchos se os olvide que más allá de vuestras cuatro paredes la vida continúa (porque sí, amigos y amigas, ahí fuera la gente sigue saliendo a la calle). Por ello, mucho cuidado con el peligro que supone sucumbir a los encantos de nuestro amigo rojo. Peligros médicos queremos decir; ya nos entendéis, por eso de que las células necesitan que les toque un poco el sol y las articulaciones que les demos una pizca de movimiento. Un paseíto de vez en cuando no está de más.

“Netflix and chill”: la nueva frase de moda

Aún así, sabemos que la comida a domicilio y el maratón de Netflix se antoja irresistible: más económico y, especialmente importante para algunos, mucho más íntimo. Y es que vivimos en los tiempos en que Netflix se ha convertido en la nueva palabra clave de la España soltera. Y de la no tan soltera también. Para muchos la expresión “Netflix and chill” ya ha dejado de tener su significado original y ha pasado a ser la fórmula de moda para lanzar una propuesta indecente. Esta es la crónica de cuando el “¿Netflix y manta?” sustituyó al “¿cine y palomitas?”  y acabó para siempre con el mítico “¿quieres subir a tomar un café?”.

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GAME OVER

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La industria de los videojuegos es imparable. El Libro Blanco del Desarrollo Español de Videojuegos 2018 exponía un crecimiento del 15,6%, con una facturación de 713 millones de euros.

Juegos como el Fornite o el Fifa arrasan en las tiendas, convirtiéndose en la última moda. En comparación con ellos, los tradicionales y populares pilla pilla y escondite, así como las canicas y peonzas, son menos que un vago recuerdo en la memoria de muchos.

Las tardes en el parque y regatearle cinco minutos a tus padres porque tus amigos aún se quedaban un rato más, ha evolucionado con el paso de los años y el afianzamiento de la tecnología. A día de hoy, los jóvenes siguen negociando por jugar unos minutos más, sin embargo, el contexto ha cambiado radicalmente. Ya no hace falta levantarse de la silla y mucho menos salir de casa para pasar un rato divertido. Una pantalla y un mando son lo único que se necesitan.

Y es que si antes un chichón o un raspón en las rodillas era el peor de los males con el que lidiábamos, tanto nosotros como nuestros progenitores, en la actualidad problemas de visión o lo que es aún más preocupante, adicción a los videojuegos, son un hecho.

La OMS ha determinado que el desorden de juego será considerado como enfermedad mental; caracterizado por  “un patrón de comportamiento persistente o recurrente de videojuegos”.  Sostiene que dicho patrón de llegar a la gravedad suficiente podría causar un “deterioro significativo” en las áreas de funcionamiento personal, familiar, social, educativo, ocupacional u otras áreas importantes.

Ante ello, organizaciones que representan a las compañías de videojuegos emitieron un comunicado en el que sostenían que: “Los videojuegos de todo tipo de géneros, dispositivos y plataformas se disfrutan con seguridad y sensatez por más de 2.000 millones de personas en todo el mundo, con el valor educativo, terapéutico y recreativo de los juegos bien fundados y ampliamente reconocidos”.

Desde Kómoda nos preguntamos, ¿son los juegos tradicionales y los tecnológicos irreconciliables? ¿Pesan más los perjuicios que los beneficios de los videojuegos? ¿Están abocados al olvido los juegos “de toda la vida”?

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¿Está naciendo un movimiento anti redes sociales?

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En España, más de 25,5 millones de personas entre 16 y 65 años poseen perfiles en redes sociales, según el último estudio anual de IAB Spain. Sin embargo, en los últimos años parece que está naciendo una tendencia a abandonarlas o directamente a no registrarse en ellas.

El recelo a perder tu privacidad al exhibir tu vida en las redes así como la falta de interés por conocer las andanzas de tus conocidos ligado al estrés y la dependencia que provocan las redes sociales, vienen siendo las principales causas de esta fuga. Además, del hecho de perder en promedio una hora navegando entre story y story.

En la serie Merlí, al final de la segunda temporada, el profesor de filosofía le cuenta una historia sobre una vaca a sus alumnos para explicarles la esencia del pensamiento Tao. “Todos tenemos una vaquita que nos proporciona un refugio que nos hace convivir con la rutina y nos hace dependientes. Para unos, la vaquita es el trabajo; para otros, la pareja”… Y para un gran número de internautas su vaquita son las redes sociales.

Colgar fotos y copys atractivos, que un algoritmo tiene a bien potenciar o no en el muro de tus seguidores, se ha convertido en un trabajo para los denominados influencers. La periodista e influencerPaula Ordovás en una entrevista confesaba que tras diez años dedicándose al mundo digital se había dado cuenta de que “me generan ansiedad. Me planteé estar 24 horas sin móvil durante unas vacaciones en Miami y fui incapaz. Comprendo que algunos influencers y celebrities hayan dicho que se desmarcaban de esto”.

Este es el caso de Berta Bernad, la influencer española acumulaba 98.000 seguidores en Instagram cuando dijo basta y cerró su cuenta. Esa vida expuesta, admirada y criticada a partes iguales, provocadora de ansiedad e inestabilidad emocional le llevó a escribir su novela Greta Godoy.

Me había dado cuenta que tener una vida tan expuesta no me dejaba ser feliz. Hoy considero que es la mejor decisión que he tomado en mi vida”, confesaba en una entrevista a El Mundo. “El mensaje de la novela no es cierra tu Instagram, sino aprende a vivir con la tecnología de una manera más saludable”, apostillaba en un reportaje a la revista Hola.

Hace un par de años, desmarcarte y no tener un perfil de Instagram o Facebook te catalogaba automáticamente entre la sociedad como “viejuno”. Hoy en día es ya una opción de vida entre jóvenes y mayores, entre famosos y personas de a pie. ¿Está naciendo un movimiento en contra de este Gran Hermano que son las redes sociales? ¿Es una moda pasajera? o, de cara al futuro, ¿atenderemos más a nuestra salud que a la imagen digital que proyectamos?

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La doble cara de las redes sociales

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Actualmente la tecnología es sinónimo de comunicación, ambas se retroalimentan, evolucionando una de la mano de la otra. Los medios para comunicarnos son cada vez más sofisticados. Sin embargo, no hace tanto tiempo, nuestros antecesores utilizaban medios tan rudimentarios como animales. Las palomas mensajeras trasportaban cartas y comunicados a lo largo y ancho de este mundo, mientras que a día de hoy lo más parecido que tenemos a una de esas palomas es el icono de Twitter.

Las plataformas sociales son tendencia, incluso el teléfono parece un medio arcaico al lado de Whatsapp, Facebook o Instagram. Las redes lideran nuestra manera de interactuar, pasando los usuarios españoles una media de 1,38 horas inmersos en ellas.

Comodidad, inmediatez y calidad son la traducción del ya trillado “bueno, bonito y barato” pero ¿son todo ventajas?

Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Pensilvania saca a la palestra la correlación entre el uso de la tecnología y la depresión, asegurando ser el primero estudio en “establecer un nexo causal claro entre el menor uso de las redes sociales y el mejoramiento en lo que hace a la soledad y la depresión“.

En el experimento participaron 143 estudiantes universitarios, los cuales fueron divididos en dos grupos, uno de ellos continuó usando redes sociales de forma habitual mientras que al otro se le restringió el acceso a diez minutos diarios. El estudio reveló que aquellos a los que se les limitó drásticamente su uso vieron caer significativamente sus síntomas depresivos.

“No comparar mi vida con la de otros tuvo un impacto mucho más fuerte de lo que esperaba dijo uno de los participantes del estudio. “Me he sentido mucho más positivo sobre mi mismo durante esas semanas” expresó.

La mayoría de los jóvenes exhiben sus vidas a través de una pantalla, proyectando una imagen lo más atractiva posible. Cosechar seguidores y conseguir esos codiciados likes es una inyección de autoestima, pero no llegar a los cánones o expectativas marcados puede ser un duro golpe.

Resulta irónico, pero tal vez no sorprendente, que reducir el uso de las redes que prometían ayudarnos a conectar con otros, en realidad ayuda a las personas a sentirse menos solas y deprimidas” explicó la psicóloga Melissa G. Hunt, autora del estudio.

La tecnología ha facilitado nuestro día a día, especialmente nuestra comunicación, pero ¿a qué precio? ¿Internet, nos cambia como personas? ¿El costo de acercarnos a los demás es alejarnos de nosotros mismos?

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