Prohibido aburrirse

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En la era de la conectividad está prohibido aburrirse. El tema tiene tanta miga que es preciso hacer un primer alto y recordar qué entendemos por aburrirnos. “Sensación de fastidio provocada por la falta de diversión o de interés por algo” dice una de sus definiciones que refrenda la necesidad de moverse en un “non stop” para ser asimilado como un ciudadano normal en la sociedad del espectáculo.

El libro de la psicóloga británica, Sandi Mann “El arte de saber aburrirse” (Plataforma) advierte sobre las consecuencias de intentar vivir en una suerte de estímulo constante. Según Mann, el 66% de los estudiantes reconoce aburrirse a diario en clase. Lo mismo sucede en el trabajo y en las relaciones de pareja.

El miedo al hastío ha convertido nuestras vidas en un campo de batalla contra el aburrimiento y en este frenesí de “hacer cosas” descubrimos un cansancio nuevo asociado a la idea de que hagamos lo que hagamos no llegamos a cumplir nuestras expectativas. Esa frustración que alimenta el estrés y la ansiedad camina de la mano de nuestra fatiga social.

Por mucho que lo rehuyamos, el aburrimiento es fundamental para favorecer ritmos de vida más acordes a nuestra naturaleza. Entre otras cosas, favorece la creatividad, nos ayuda a fijar metas, nos hace más empáticos y mejora nuestra productividad. ¿Por qué? Bertrand Russel lo apuntaba ya hace casi un siglo: “Las personas acostumbradas a demasiada actividad son como las que comen mucha pimienta: al final pierden el sentido del gusto para todo lo demás. La falta de aburrimiento no solo mina la salud, sino que incapacita el paladar para todo tipo de placer”.